viernes, 1 de enero de 2016

Roubaix 1919. El infierno del Norte

La Gran Guerra había supuesto un punto y aparte para la carrera surgida de la mente de Théodore Vienne y Mauricio Pérez, dos empresarios del sector textil de Roubaix. Gracias a ellos nacería una prueba que había sido ideada como la antesala perfecta de una competición inhumana que se disputó durante casi un siglo, la París-Burdeos. Esta nueva prueba, aunque nacida con unas ciertas dudas iniciales, propias de la época, iba a tener continuidad de manera consecutiva nada menos que durante diecinueve ediciones -hecho casi inédito en aquellos difíciles años-, consolidándose de esta forma en la competición.

Pero a pesar del éxito de esta nueva competición y del entusiasmo que generaba tanto entre los corredores como entre los aficionados, la gran contienda europea iba a paralizar por completo todas las actividades del continente a lo largo de cuatro largos años. De entre las actividades que se iban a paralizar, por supuesto, el mundo del deporte no iba a permanecer ajeno a ello, afectando este parón al ciclismo.

En esos cuatro años de conflicto bélico el ciclismo no solo perdió cuatro ediciones de sus mejores pruebas, las cuales podían haber sido legendarias, con los grandes corredores de esa época peleándose codo con codo por ser el mejor, sino que además perdería a varios de esos grandes hombres. La guerra iba a arrancar sus vidas a alguno de los vencedores de la prueba, como iba a ser el caso de Octave Lapize -triple vencedor en Roubaix- y François Faber, que se habían alzado con el triunfo en cuatro de las últimas seis ediciones. 

El resurgir de la prueba

En marzo de 1919 habían transcurrido ya varios meses desde el final de la contienda, pero aún en ese momento, la Gran Guerra todavía seguía atormentando las mentes de todos y de todo lo que se había visto involucrado en ella. A pesar de haber concluido ya, el conflicto había minado la moral de la población y desde las altas instancias no se encuentra la forma de levantar esa moral a corto plazo, pues todo a su alrededor ha sido destruido, caminos, campos, sus propias casas, etc... todo, y nada puede ser reconstruido en un breve espacio de tiempo. No hay nada que pueda ayudar a levantarse al pueblo. ¿O tal vez sí?
La solución no podía darse de otra forma que a través del deporte, y más concretamente a través del que quizás fuera el más popular del momento, el ciclismo. Por ello y tras unas arduas negociaciones, se iba a acordar volver a celebrar la prueba que conducía a los corredores desde París hasta Roubaix. Entre ambas localidades, 280 kilómetros de carreteras y caminos llenos de baches, cráteres dejados por las bombas, surcos, y por supuesto zanjas manchadas de sangre. Alrededor de esos caminos, una vegetación que se iba a mostrar ausente en muchos de los puntos de la competición, dejando con ello un testimonio no escrito de la dureza y la violencia de los combates que se habían vivido en aquellos lugares en los años anteriores. El paisaje parecía desolador, propio para héroes, o para locos. O quizás para personas que aunasen una mezcla de locura y heroicidad.

La carrera

Una vez concluidas esas negociaciones, se decidiría que finalmente en la mañana del 20 de abril de 1919 volviera a disputarse una de las pruebas más antiguas del calendario. De antemano se sabía que habría numerosas bajas, pero aún así, iban a intentar atraer a los mejores corredores. Las bajas más reseñables con que iba a contar la prueba, iban a ser sin duda las ya citadas de Lapize o Faber, fallecidos en la contienda. Pero no iban a ser los únicos ausentes, ya que tampoco iba a tener poder presentarse a la línea de salida Crupelandt, que había sido detenido por hurto el año anterior, siendo condenado a dos años de prisión y sancionado posteriormente de por vida por la Unión Velocípeda Francesa, seguramente influenciada por los grandes rivales del corredor nacido en Wattreloss.
A pesar de todas las dificultades, serían poco más de un centenar de valientes los que se atreviesen a tomar la salida en aquella fría mañana de domingo, en un reto no solo físico, sino también psicológico, tal como se había encargado de señalar el corresponsal de L´Auto en la víspera de la prueba.
Aunque la mañana de ese 20 de abril amanecía con un calor tibio propio de la primera, alrededor del mediodía las condiciones climatológicas iban a variar ostensiblemente y desde ese momento y hasta el final de la prueba las condiciones iban a ser un reflejo de la atmósfera general que predominaba en el Viejo Continente durante aquellos meses. La lluvia, el viento y el frío no iban a mostrar sensación alguna de complacencia hacia los corredores que iban a competir aquel día. Unos valientes que no iban a poder disimular los estragos que los acontecimientos no deportivos habían causado en sus cuerpos en el pasado más reciente. Se iban a enfrentar al día más duro de sus vidas.
280 kilómetros de caminos llenos de baches, con lluvía, viento y mucho frío
En los primeros kilómetros no iba a suceder nada destacable en la prueba, con la salvedad de los numerosos pinchazos que estaban sufriendo -y seguirían sufriendo durante toda la jornada- el pelotón. Vandalismo o accidentalmente, los pinchazos sufridos por los corredores iban a ser numerosísimos, mucho más de lo habitual para la época. Sin haber sucedido nada reseñable aún, al paso de Amiens una pancarta iba a hacer detener el pensamiento y el corazón de todo aquel que pudiera leerla: "Honor a Faber, Lapice y Petit-Breton, muertos en el campo de batalla". La pancarta no hacía sino referencia a los grandes campeones del Tour que habían perecido en el conflicto bélico que avergonzaba a los civiles.

Había transcurrido un tercio de la prueba y en ella lo único destacado hasta ese momento -pancarta aparte- era la presencia de un violento viento que perjudica a los corredores en una hipotética aventura en solitario. Hasta ese momento ni rastro de lluvia, lo cual era una buena noticia, aunque no dudaría. Una vez que pasaron Béthune, los competidores iban a comenzar a mostrar sus cartas y jugarse el todo por el todo. Francis Pelissier iba a ser el primero en dar un golpe en la mesa, acelerando su marcha e imponiendo un ritmo infernal que poco a poco iba a ir cobrándose víctimas en el seno del pelotón. O lo que quedaba de él. El primero en descolgarse sería Oscar Egg, que se retrasaría como consecuencia de uno de las decenas de pinchazos que sufrieron aquel día los corredores. Mottiat, Huret, Buysse, Jacquinot y Masson serían los siguientes en ceder. El grupo había saltado por los aires, y los hermanos Pelissier -especialmente el pequeño, Francis-, habían sido los responsables de tal carnicería.

Al paso por la Bassée, que otrora había sido un lugar de reseñable belleza y que en aquel momento se encontraba desolado y devastado, serían los hermanos Pelissier quienes marchasen en cabeza. A dos minutos les perseguía un trío de belgas, compuesto por Thys, Gauthy y Rossius. A continuación de ellos marchará un grupo formado por Barthélémy, Michiels, Spiessens y Scieur. La lluvía y especialmente el frío, ya iban a ser compañeros inseparables de aventuras de todos los corredores. Ningún otro corredor a los señalados iba a tener nada más que decir en aquel infierno que se acaba de desatar.

Tal como se estaba consolidando su ventaja, parecía que el triunfo en la prueba sólo podría ser cosa de los dos hermanos Pelissier. Eso era algo a lo que no se podía resignar el por aquel entonces bicampeón del Tour de Francia, el belga Thys. En uno de los esfuerzos individuales más bellos acaecidos hasta el momento el corredor belga se iba a ir aproximando a los hermanos. Palmo a palmo, pedalada a pedalada el belga iba a conseguir reducir la desventaja, hasta conseguir neutralizar a ambos corredores, los que durante tantos kilómetros habían marchado por delante de él.

No avanzarían muchos tiempo juntos, ya que al poco de la neutralización, Francis iba a pagar por los esfuerzos anteriores y se iba a descolgar. Henri observa a su hermano y decide actuar reduciendo la marcha. Thys también ha visto flaquear a Francis y toma la decisión de aumentar ligeramente su ritmo. El corredor belga empieza a alejarse y Henri tiene que tomar una decisión: seguir con su hermano y ver como se escapa el triunfo, o marchar con el hombre cabeza de carrera, dejando atrás a su hermano. La decisión, la lógica, perseguir a Philippe Thys.

Thys y Pelissier van relevándose con regularidad y a un ritmo imponente, lo que hace pensar a los periodistas que acompañan la prueba que el triunfo, esta vez sí definitivamente, será cosa de ellos dos. Sin embargo, y como surgido de la nada entre la lluvia y el barro de los caminos, aparecerá en el horizonte un imponente y desconocido corredor francés, Honoré Barthélémy. En solitario ha dado caza a dos de los mejores corredores del momento.

Una vez alcanzada la cabeza de carrera, el trío cabecero estaba llegando a la fase decisiva de la carrera. Y en esa fase decisiva se encuentra a un paso a nivel que los corredores encuentran con las barreras bajadas y un tren detenido en la vía. "¿Qué hacer?", se preguntan los corredores, pues la normativa les impide avanzar, pero detenerse en ese punto es condenar su aventura. La reacción no se hace esperar y llega de una manera un tanto cómica: los corredores suben al tren, cruzan el pasillo con la bicicleta en la mano por entre los pasajeros y descienden por la primera puerta que se abre al otro lado.

Esta peripecia tiene como consecuencia para los tres el ser capaces de llegar juntos y en cabeza a las calles de Roubaix, toda vez que en los constantes demarrajes que fueron realizando alternativamente los corredores, no fueron capaces de marcharse en solitario. Una vez dentro de la localidad, y cuando están llegando al Parque de Barbieux -donde está situada la bandera de meta-, Pelissier toma la iniciativa en el grupo y es el primero en lanzar el sprint final. A Thys la acción del francés le pilla a contrapié y reacciona tarde. Cuando quiere lanzar su sprint, la distancia que ha conseguido Pelissier es inabordable y ha de resignarse con un segundo puesto aquel día, toda vez que el sorprendente Barthélémy ni siquiera ha podido disputar el sprint, como consecuencia de encontrarse al límite de sus fuerzas. El frío, el viento y la lluvia han hecho de su triunfo una victoria épica que no puede ser fácilmente olvidada.

Tras atravesar la línea de meta, el vencedor del día fue entrevistado por la prensa que cubría la carrera. En la entrevista el corredor francés se mostró contento por su victoria, pero al tiempo dijo sentirse triste por no haber sido capaz de alcanzar la meta con su hermano. Esperaba un doblete junto a su hermano.

El Infierno del Norte

El"Infierno del Norte". De tal manera iba a bautizar Victor Breyer en su crónica a la prueba que había seguido aquel día. El periodista del diario L´Auto (organizador de la prueba), iba a ser quien dejase para la posteridad aquel nombre para la prueba. La vista entristecida ante el paisaje devastador que se fue encontrando a lo largo del recorrido como consecuencia de las bombas de la Primera Guerra Mundial, iban a ser las culpables de su mito. 


Saludos a todos!!

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