martes, 17 de abril de 2012

Lieja hiela al pelotón en 1980

Hablar de tradición en el ciclismo es hablar de la carrera más antigua del calendario, la Liège-Bastogne-Liège, la Decana, que nació a finales del siglo XIX, concretamente en el año 1892. Es el cuarto monumento de la temporada, que consta de unos 260 kilómetros de recorrido y se compone de un gran número de cotas en el mismo, de las que actualmente una decena son puntuables. Cotas tan conocidas como La Redoute o Saint-Nicolas.
 
El año 1980 iba a ser un año muy diferente en lo deportivo para Bernard Hinault. Ese año, aparte de intentar conseguir vencer en el Tour y en el Mundial, también se había propuesto disputar el Giro y hacer algo grande en primavera. Era una época en la que se competía de febrero hasta el Mundial. La primavera de Hinault estaba siendo bastanta cargada, con puestos de honor en la Amstel, en Roubaix y en la Flecha (5º, 4º y 3º respectivamente) le llevaron a afirmar que estaba seguro de no ser 2º en Lieja". El reto iba a ser mayúsculo, tal y como se demostraría el día de la carrera al amanecer.

La mañana en que se iba a disputar la carrera comenzó con una lluvía ligera sobre la localidad de Lieja. Nada más comenzar la carrera, en el kilómetro 5, esa ligera lluvia se transformó en nieve y sólo 5 kilómetros más adelante, al paso por Sprimont, la tormeta se había desatado. Ese fue el último momento en que se dieron unas condiciones humanas en la carrera, puesto que a raíz de ese momento los corredores solamente vieron nieve y sintieron frio. Tanto es así que de los 174 corredores que habían tomado la salida, a las 2 horas de carrera quedaban apenas 60 héroes. Porque ese es el único calificativo que se le puede dar a todos aquellos que corrieron ese día.

La lista pudo verse incrementada con un nombre de mucho lustre, el de Hinault, quien se encontraba preocupado por no comprometer el resto de su temporada por el simple hecho de correr la Decana. El bretón estaba, por lo tanto, pensando en un posible abandono de la prueba. Es en esos momentos cuando el grandísimo director Guimard le convence para que continue al menos hasta el siguiente habituallamiento, a mitad de la prueba. Hinault tenía casi decidido el abandono cuando, de repente, entre el grupo de héroes que siguen en carrera reconoce un maillot como el suyo, de Renault. Era el de Maurice Le Guilloux, compañero de equipo. Es en ese momento cuando Hinault cambia el chip de su cabeza y piensa que el capitán siempre es el último en abandonar el barco, por lo que decide continuar en carrera y llegar hasta la meta.
 
La carrera, por acción del clima, está rota, y en cabeza de la misma se encuentran Pevenage y Peeters cuando se inicia la cota de Stockeu, en la cual Hinault atacará, siendo capaces de seguir su ataque sólamente un par de corredores, a quien no tarda mucho en dejar a rueda. El ritmo de Hinault era impresionante y en la cota de Haute Levee ya es cabeza de carrera, y poco después, lo es en solitario.
 
Eso significaba que a 80 kilómetros de meta se ha quedado sólo en cabeza, y aún queda un mundo para llegar al final de la prueba. Coinciden además esos momentos con los minutos de climatología más adversa. Se planteaba entonces para Hinault una lucha contra las condiciones climáticas y contra el dolor que estas le están ocasionando. En los siguientes kilómetros se dan momentos muy, muy complicados para el bretón, quien los salva porque era un privilegiado psicológica, aparte de físicamente hablando. Por su mente no hace más que repetirse la frase "los que marchan detrás tienen que estar aún peor que yo, y si ellos pueden, yo puedo".

Después de muchos kilómetros en solitario, muchos pensamientos contrarios en su cabeza, Hinault enfilaba la línea de meta de esa edición, en el Boulevard de la Suviniere. Incluso ha empezado a salir ligeramente el Sol, de forma que parece que se burla de los corredores. Hinault entró en solitario, pero sin poder celebrarlo como hubiera merecido la ocasión. Su cuerpo está a un paso de vencerse, puesto que ha superado sus límites.
 
Tal fue la magnitud de la proeza realizada por el campeón francés que tuvo que esperar nada menos que 9 minutos y 24 segundos a que el segundo clasificado del día hiciera su paso por meta. Fue el holandés Kuiper. Aún se hubo de esperar más tiempo para que el tercer integrante del podium hiciera su entrada en meta. Ese tercer hombre que quedó en la foto de un podium de leyenda, por el escenario, fue Ronnie Claes.

En esos momentos ya Hinault no tenía interés en saber quien le acompañaba en el podium, sino más bien en darse una ducha caliente, pero aunque hasta que no se calentó no se duchó, no sería una buena decisión, puesto que su cuerpo no soportó bien el contraste del frio y del calor. Tres semanas después de la gesta, aún no había recuperado la movilidad en los dedos, y aún hoy día, dice no sentir total sensibilidad en los mismos. Fue el precio a pagar por una de las mayores exhibiciones que se han podido presenciar en el mundo del ciclismo.


Saludos a todos!!

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