viernes, 1 de enero de 2016

Roubaix 1919. El infierno del Norte

La Gran Guerra había supuesto un punto y aparte para la carrera surgida de la mente de Théodore Vienne y Mauricio Pérez, dos empresarios del sector textil de Roubaix. Gracias a ellos nacería una prueba que había sido ideada como la antesala perfecta de una competición inhumana que se disputó durante casi un siglo, la París-Burdeos. Esta nueva prueba, aunque nacida con unas ciertas dudas iniciales, propias de la época, iba a tener continuidad de manera consecutiva nada menos que durante diecinueve ediciones -hecho casi inédito en aquellos difíciles años-, consolidándose de esta forma en la competición.

Pero a pesar del éxito de esta nueva competición y del entusiasmo que generaba tanto entre los corredores como entre los aficionados, la gran contienda europea iba a paralizar por completo todas las actividades del continente a lo largo de cuatro largos años. De entre las actividades que se iban a paralizar, por supuesto, el mundo del deporte no iba a permanecer ajeno a ello, afectando este parón al ciclismo.

En esos cuatro años de conflicto bélico el ciclismo no solo perdió cuatro ediciones de sus mejores pruebas, las cuales podían haber sido legendarias, con los grandes corredores de esa época peleándose codo con codo por ser el mejor, sino que además perdería a varios de esos grandes hombres. La guerra iba a arrancar sus vidas a alguno de los vencedores de la prueba, como iba a ser el caso de Octave Lapize -triple vencedor en Roubaix- y François Faber, que se habían alzado con el triunfo en cuatro de las últimas seis ediciones. 

El resurgir de la prueba

En marzo de 1919 habían transcurrido ya varios meses desde el final de la contienda, pero aún en ese momento, la Gran Guerra todavía seguía atormentando las mentes de todos y de todo lo que se había visto involucrado en ella. A pesar de haber concluido ya, el conflicto había minado la moral de la población y desde las altas instancias no se encuentra la forma de levantar esa moral a corto plazo, pues todo a su alrededor ha sido destruido, caminos, campos, sus propias casas, etc... todo, y nada puede ser reconstruido en un breve espacio de tiempo. No hay nada que pueda ayudar a levantarse al pueblo. ¿O tal vez sí?
La solución no podía darse de otra forma que a través del deporte, y más concretamente a través del que quizás fuera el más popular del momento, el ciclismo. Por ello y tras unas arduas negociaciones, se iba a acordar volver a celebrar la prueba que conducía a los corredores desde París hasta Roubaix. Entre ambas localidades, 280 kilómetros de carreteras y caminos llenos de baches, cráteres dejados por las bombas, surcos, y por supuesto zanjas manchadas de sangre. Alrededor de esos caminos, una vegetación que se iba a mostrar ausente en muchos de los puntos de la competición, dejando con ello un testimonio no escrito de la dureza y la violencia de los combates que se habían vivido en aquellos lugares en los años anteriores. El paisaje parecía desolador, propio para héroes, o para locos. O quizás para personas que aunasen una mezcla de locura y heroicidad.

La carrera

Una vez concluidas esas negociaciones, se decidiría que finalmente en la mañana del 20 de abril de 1919 volviera a disputarse una de las pruebas más antiguas del calendario. De antemano se sabía que habría numerosas bajas, pero aún así, iban a intentar atraer a los mejores corredores. Las bajas más reseñables con que iba a contar la prueba, iban a ser sin duda las ya citadas de Lapize o Faber, fallecidos en la contienda. Pero no iban a ser los únicos ausentes, ya que tampoco iba a tener poder presentarse a la línea de salida Crupelandt, que había sido detenido por hurto el año anterior, siendo condenado a dos años de prisión y sancionado posteriormente de por vida por la Unión Velocípeda Francesa, seguramente influenciada por los grandes rivales del corredor nacido en Wattreloss.
A pesar de todas las dificultades, serían poco más de un centenar de valientes los que se atreviesen a tomar la salida en aquella fría mañana de domingo, en un reto no solo físico, sino también psicológico, tal como se había encargado de señalar el corresponsal de L´Auto en la víspera de la prueba.
Aunque la mañana de ese 20 de abril amanecía con un calor tibio propio de la primera, alrededor del mediodía las condiciones climatológicas iban a variar ostensiblemente y desde ese momento y hasta el final de la prueba las condiciones iban a ser un reflejo de la atmósfera general que predominaba en el Viejo Continente durante aquellos meses. La lluvia, el viento y el frío no iban a mostrar sensación alguna de complacencia hacia los corredores que iban a competir aquel día. Unos valientes que no iban a poder disimular los estragos que los acontecimientos no deportivos habían causado en sus cuerpos en el pasado más reciente. Se iban a enfrentar al día más duro de sus vidas.
280 kilómetros de caminos llenos de baches, con lluvía, viento y mucho frío
En los primeros kilómetros no iba a suceder nada destacable en la prueba, con la salvedad de los numerosos pinchazos que estaban sufriendo -y seguirían sufriendo durante toda la jornada- el pelotón. Vandalismo o accidentalmente, los pinchazos sufridos por los corredores iban a ser numerosísimos, mucho más de lo habitual para la época. Sin haber sucedido nada reseñable aún, al paso de Amiens una pancarta iba a hacer detener el pensamiento y el corazón de todo aquel que pudiera leerla: "Honor a Faber, Lapice y Petit-Breton, muertos en el campo de batalla". La pancarta no hacía sino referencia a los grandes campeones del Tour que habían perecido en el conflicto bélico que avergonzaba a los civiles.

Había transcurrido un tercio de la prueba y en ella lo único destacado hasta ese momento -pancarta aparte- era la presencia de un violento viento que perjudica a los corredores en una hipotética aventura en solitario. Hasta ese momento ni rastro de lluvia, lo cual era una buena noticia, aunque no dudaría. Una vez que pasaron Béthune, los competidores iban a comenzar a mostrar sus cartas y jugarse el todo por el todo. Francis Pelissier iba a ser el primero en dar un golpe en la mesa, acelerando su marcha e imponiendo un ritmo infernal que poco a poco iba a ir cobrándose víctimas en el seno del pelotón. O lo que quedaba de él. El primero en descolgarse sería Oscar Egg, que se retrasaría como consecuencia de uno de las decenas de pinchazos que sufrieron aquel día los corredores. Mottiat, Huret, Buysse, Jacquinot y Masson serían los siguientes en ceder. El grupo había saltado por los aires, y los hermanos Pelissier -especialmente el pequeño, Francis-, habían sido los responsables de tal carnicería.

Al paso por la Bassée, que otrora había sido un lugar de reseñable belleza y que en aquel momento se encontraba desolado y devastado, serían los hermanos Pelissier quienes marchasen en cabeza. A dos minutos les perseguía un trío de belgas, compuesto por Thys, Gauthy y Rossius. A continuación de ellos marchará un grupo formado por Barthélémy, Michiels, Spiessens y Scieur. La lluvía y especialmente el frío, ya iban a ser compañeros inseparables de aventuras de todos los corredores. Ningún otro corredor a los señalados iba a tener nada más que decir en aquel infierno que se acaba de desatar.

Tal como se estaba consolidando su ventaja, parecía que el triunfo en la prueba sólo podría ser cosa de los dos hermanos Pelissier. Eso era algo a lo que no se podía resignar el por aquel entonces bicampeón del Tour de Francia, el belga Thys. En uno de los esfuerzos individuales más bellos acaecidos hasta el momento el corredor belga se iba a ir aproximando a los hermanos. Palmo a palmo, pedalada a pedalada el belga iba a conseguir reducir la desventaja, hasta conseguir neutralizar a ambos corredores, los que durante tantos kilómetros habían marchado por delante de él.

No avanzarían muchos tiempo juntos, ya que al poco de la neutralización, Francis iba a pagar por los esfuerzos anteriores y se iba a descolgar. Henri observa a su hermano y decide actuar reduciendo la marcha. Thys también ha visto flaquear a Francis y toma la decisión de aumentar ligeramente su ritmo. El corredor belga empieza a alejarse y Henri tiene que tomar una decisión: seguir con su hermano y ver como se escapa el triunfo, o marchar con el hombre cabeza de carrera, dejando atrás a su hermano. La decisión, la lógica, perseguir a Philippe Thys.

Thys y Pelissier van relevándose con regularidad y a un ritmo imponente, lo que hace pensar a los periodistas que acompañan la prueba que el triunfo, esta vez sí definitivamente, será cosa de ellos dos. Sin embargo, y como surgido de la nada entre la lluvia y el barro de los caminos, aparecerá en el horizonte un imponente y desconocido corredor francés, Honoré Barthélémy. En solitario ha dado caza a dos de los mejores corredores del momento.

Una vez alcanzada la cabeza de carrera, el trío cabecero estaba llegando a la fase decisiva de la carrera. Y en esa fase decisiva se encuentra a un paso a nivel que los corredores encuentran con las barreras bajadas y un tren detenido en la vía. "¿Qué hacer?", se preguntan los corredores, pues la normativa les impide avanzar, pero detenerse en ese punto es condenar su aventura. La reacción no se hace esperar y llega de una manera un tanto cómica: los corredores suben al tren, cruzan el pasillo con la bicicleta en la mano por entre los pasajeros y descienden por la primera puerta que se abre al otro lado.

Esta peripecia tiene como consecuencia para los tres el ser capaces de llegar juntos y en cabeza a las calles de Roubaix, toda vez que en los constantes demarrajes que fueron realizando alternativamente los corredores, no fueron capaces de marcharse en solitario. Una vez dentro de la localidad, y cuando están llegando al Parque de Barbieux -donde está situada la bandera de meta-, Pelissier toma la iniciativa en el grupo y es el primero en lanzar el sprint final. A Thys la acción del francés le pilla a contrapié y reacciona tarde. Cuando quiere lanzar su sprint, la distancia que ha conseguido Pelissier es inabordable y ha de resignarse con un segundo puesto aquel día, toda vez que el sorprendente Barthélémy ni siquiera ha podido disputar el sprint, como consecuencia de encontrarse al límite de sus fuerzas. El frío, el viento y la lluvia han hecho de su triunfo una victoria épica que no puede ser fácilmente olvidada.

Tras atravesar la línea de meta, el vencedor del día fue entrevistado por la prensa que cubría la carrera. En la entrevista el corredor francés se mostró contento por su victoria, pero al tiempo dijo sentirse triste por no haber sido capaz de alcanzar la meta con su hermano. Esperaba un doblete junto a su hermano.

El Infierno del Norte

El"Infierno del Norte". De tal manera iba a bautizar Victor Breyer en su crónica a la prueba que había seguido aquel día. El periodista del diario L´Auto (organizador de la prueba), iba a ser quien dejase para la posteridad aquel nombre para la prueba. La vista entristecida ante el paisaje devastador que se fue encontrando a lo largo del recorrido como consecuencia de las bombas de la Primera Guerra Mundial, iban a ser las culpables de su mito. 


Saludos a todos!!

viernes, 17 de julio de 2015

Fabio Casartelli: una historia incompleta

Fabio Casartelli, campeón olímpico en Barcelona '92Fabio Casartelli se convirtió en el último ganador de la prueba el línea de ciclismo en unos Juegos Olímpicos antes de que pudieran participar los corredores profesionales en los mismos. Sin embargo su nombre va acompañado al trágico suceso que le ocurrió el 18 de julio de 1995. Aquel día el prometedor corredor italiano se convirtió en la tercera víctima en carrera que se cobraba el Tour de Francia.

Infancia y primeros años como amateur

Fabio Casartelli nacía un 16 de agosto de 1970, en la localidad italiana de Como, en la región de Lombardía. Siendo apenas un crío, con 9 años, iba a ver como su padre le metía su afición por el ciclismo en el cuerpo y poco a poco se iba a ir involucrando en ese mundo.

Tal fue el gusto que le cogió al mundo de las dos ruedas que en su juventud, a comienzos de los años 90, Casartelli llegó a ser considerado como uno de los corredores a los que se les intuía un futuro más prometedor en su país dentro del campo amateur. Otros nombres a destacar serían el de Davide Rebellin o el de Marco Pantani.

Y no era para menos esa consideración de gran promesa, pues desde 1990 consiguió numerosas victorias de bastante consideración. En ese año se hizo con la victoria en el Trofeo Sironi. Para la temporada siguiente, Fabio iba a multiplicar su palmarés, alzando los brazos hasta en cinco ocasiones: Montecarlo-Alassio, Gemeli Meda, Copa Casale, Gran Premio Comunità di Capodarco y en el Trofeo BT Cesab. Pero sin duda su año fue 1992, año que los ciclistas amateurs debían de tener marcado en el calendario, pues se celebraban olimpiadas -hasta esa edición, sólo podían participar ciclistas no profesionales en los Juegos Olímpicos-. Ese año consiguió vencer en el Trofeo ZSSDI, Montecarlo-Alassio, Gran Premio Diano Marina, Coppa Cicogna y el Trofeo Minard.

Fabio Casartelli había esgrimido poderosas razones para ser tenido muy en cuenta en la salida de cada carrera que disputaba, y por ello y como consecuencia del palmarés que se habría labrado fue seleccionado por su país para representarlo en los Juegos Olímpicos de Barcelona ´92. Los otros dos componentes del equipo italiano serían Mirco Gualdi y el citado anteriormente Davide Rebellin.

Oro en los JJOO de Barcelona ´92

La prueba ciclista de las Olimpiadas tendría lugar en la fecha del 2 de agosto de 1992, y para su disputa se había diseñado un circuito de 16 kilómetros por los alrededores de Sant Sadurní d'Anoia al que los ciclistas habría de dar 12 vueltas. La distancia total que tendrían que recorrer sería de 194 kilómetros.

Aquel segundo día de agosto tomaron la salida un total de 154 corredores, que debido al intenso calor que hacía ese día en la ciudad, hizo que estos se tomasen las primeras vueltas con una cierta calma. Pero los corredores poco a poco fueron entonándose y en la novena vuelta se formó una fuga de nueve corredores que acabó siendo la definitiva de la jornada.

Fabio Casartelli en Barcelona '92Esos nueve corredores se mantuvieron en buena sintonía en cabeza de carrera hasta que en la última vuelta de la prueba se quedaron en cabeza únicamente tres corredores; el holandés Erik Dekkers, el italiano Fabio Casartelli y el letón Dainis Ozols. Estos tres corredores serían los que se repartirían las medallas en esta dura jornada.

Después de más de 4 horas y 35 minutos, en los últimos compases de la carrera el corredor italiano se mostró mucho más hábil y rápido en los últimos metros de la prueba. Incluso llegó a picar tiempo al holandés Dekker en meta, que sería plata. El letón se alzó con el bronce, sin poder aspirar a nada más viendo la superioridad de sus contrincantes por el triunfo final. Poco más de medio minuto más tarde llegaba el pelotón a meta, encabezado por el alemán Erik Zabel, quien repetiría posición doce años más tarde. Solo 84 corredores consiguieron acabar la prueba ese día, debido al calor y al fuerte ritmo que impuso el pelotón y el grupo de escapados en las últimas vueltas.
En Barcelona ´92 Casartelli iba a lograr su mayor éxito deportivo
En Barcelona ´92 Casartelli iba a lograr su mayor éxito al proclamarse campeón olímpico de fondo en carretera, y se iba a convertir de esta brillante forma en el quinto corredor italiano que conseguía el oro olímpico en la prueba de ruta. Anteriormente a él lo habían conseguido Attilio Pavesi en Los Ángeles ´32, Ercole Baldini en Melbourne ´56, Mario Zanin en Tokio ´64 y por último Pierfranco Vianelli en México ´68. Posteriormente a Fabio, siendo ya profesionales los competidores de la disciplina olímpica, fue el corredor de Livorno, Paolo Bettini, quien se hizo con el triunfo, siendo el último italiano que hasta la fecha ha conseguido el oro olímpico en ruta. Lo consiguió en la cita de Atenas 2004.

Paso a profesionales

Tras ese gran éxito siendo aún amateur, en 1993 dio el salto al profesionalismo, fichando por el equipo Ceramiche Ariostea, en donde podría aprender de su compatriota, el gran Moreno Argentin. El otro hombre fuerte del conjunto italiano aquel año iba a ser un sorprendente Bjarne Riis, antiguo gregario de Laurent Fignon.

En ese su primer año, a pesar de los problemas que estaba sufriendo para adaptarse al profesionalismo, consiguió hacerse con una etapa en la Settimana Ciclista Bergamasca, además de acabar en segundo lugar en varias etapas de la Vuelta a Suiza. También participó por primera vez en el Giro de Italia, en donde acabó en la posición 107ª de la clasificación general.

Para la temporada 1994 fichó por el equipo ZG-Mobili Bottecchia, en donde en teoría tendría más libertad para lucirse que en el Ariostea. Sin embargo una tendinitis le impidió rendir a su mejor nivel durante la temporada. A pesar de esa tendinitis, fue seleccionado por su equipo para participar tanto en el Giro como en el Tour de Francia. Sin embargo no tuvo mucha suerte en su primera participación en la carrera francesa y terminó abandonando la carrera en la séptima etapa. En el Giro también abandonó. Terminó la temporada pasando por el quirófano, para corregir sus problemas con las lesiones.

1995 iba a suponer su tercera temporada como profesional, y en ella debía dar el salto de calidad definitivo que se esperaba de él. Para ello optó nuevamente por cambiar de equipo, enrolándose en las filas del conjunto estadounidense Motorola. Allí compartiría colores con su amigo Andrea Peron, quien había tenido mucha importancia en su fichaje por el conjunto norteamericano. Comos jefes de fila del equipo se encontrarían el ex-campeón del mundo Lance Armstrong y el colombiano Álvaro Mejía, que había sido el cuarto clasificado dos años atrás en el Tour.

Desde principios de temporada mostró un nivel bastante alto, siendo sexto en la Clásica de Almería y rallando a gran nivel en la Vuelta a Suiza, por lo que fue uno de los últimos corredores seleccionados para participar en el Tour con su nuevo equipo. En Francia compartiría equipo con Armstrong, su amigo Andrea Peron, Álvaro Mejía o Frankie Andreu.

Final fatídico

El 18 de julio de 1995 se iba a disputar la 15ª etapa del Tour más entretenido de la era Indurain. Era la etapa reina de ese Tour y en ella los corredores iban a llegar a Cauterets, atravesando previamente los puertos del Portet d´Aspet, Col de Menté, Col de Peyresourde, Col d´Aspin, Tourmalet y el propio Cauterets.

Fabio Casartelli en el Tour de FranciaLa primera dificultad montañosa del día sería el Portet d´Aspet, en el kilómetro 34 de la etapa. A sus rampas llegaron los corredores bastante agrupados, puesto que aún quedaban unos 170 kilómetros de etapa y era muy pronto para comenzar con los ataques. El puerto lo coronó el grueso del pelotón alrededor de las 11 y media de la mañana.

El día estaba siendo muy tranquilo, hasta que se produjo un imprevisto en el descenso de ese primer puerto del día. En una curva a izquierdas en las últimas posiciones del pelotón salió volando el corredor francés Dante Rezze por el lado derecho del grupo. Fue a caer por un pequeño barranco, aunque afortunadamente para él, sin graves consecuencias, más allá de la fractura de fémur que sufrió. Varios corredores le acompañaron en su caída, entre ellos Johan Museeuw, Giancarlo Perini, Dirk Baldinger o Fabio Casartelli. Este último, el campeón olímpico, correría mucha peor suerte que el resto de corredores accidentados.
La cabeza del corredor, sin protección, golpeó el asfalto, provocándole las fatales lesiones
Las imágenes que iba a ofrecer la moto de la carrera iban a hablar por sí solas: Fabio no llevaba ningún tipo de protección en la cabeza y tras golpear con ella en el suelo quedó tendido totalmente inconsciente en el suelo, con un reguero de sangre alrededor de su cuerpo. La atención que recibió el corredor lombardo -así como los otros corredores afectados- fue bastante rápida, siendo trasalado en helicóptero en pocos minutos y de forma urgente al hospital de Tarbes, pero sus heridas y lesiones eran de gravedad extrema y hacían presagiar el peor designio posible.

En el traslado de Casartelli al hospital de Tarbes no se pudo hacer nada ante las graves lesiones y complicaciones que sufrió el corredor. Nada menos que en tres ocasiones sufrió parada cardiorespiratoria el italiano, pudiendo recuperarle los médicos en las dos primeras, pero no pudiendo hacer nada ante la tercera parada que sufrió en el traslado al hospital. Aunque aún ingresó con vida, era cuestión de minutos que se confirmase la trágica noticia. Dirección de carrera tardó varias horas en confirmar que el Tour acababa de cobrarse su tercera víctima mortal en carrera, siendo Francisco Cepeda (1935) y Tom Simpson (1967) las anteriores víctimas.

Cuando el reloj marcaba las 14:40 horas, Radio Tour interrumpía su emisión habitual para anunciar oficialmente el fallecimiento del corredor italiano Fabio Casartelli, como consecuencia de la caída que había sufrido unas horas antes en el descenso del Portet d´Aspet. El director del Tour, Jean Marie Leblanc interrumpió la emisión con la siguiente frase "Tengo que dar una noticia grave, terrible. El corredor italiano Fabio Casartelli, dorsal 114, víctima de una caída en el kilómetro 34 en el descenso del Portet d'Aspet y que había sido evacuado al hospital de Tarbes, ha muerto".

Homenajes post-mortem

El seno del pelotón se iba a encontrar hundido al día siguiente en la salida de la etapa, mostrándose especialmente abatidos sus compatriotas, sus compañeros del conjunto Motorola y sus ex compañeros. Especialmente consternado se iba a mostrar un amigo de Fabio en el pelotón italiano desde hacía muchos años, el rapado corredor del conjunto Carrera, Marco Pantani. Era 19 de julio, y la 16ª etapa había de estar marcada en los libros de ruta de los equipos como una de las más peligrosas de aquella edición, puesto que en ella se iban a unir las localidades de Tarbes y Pau, a través de 229 kilómetros en los que se iban a atravesar los puertos de Soulor, Aubisque, Marie Blanque, Soudet e Issarbe.

Pero en una decisión más que polémica, la dirección de la carrera optó por no suprimir la etapa, decidiendo neutralizarla. Los ciclistas recorrieron todos los kilómetros de la etapa en grupo, adelantándose los miembros del equipo Motorola en los sprints de cualquier categoría de la jornada. No todos los corredores del conjunto norteamericano fueron capaces de concluir la etapa, puesto que dos de ellos, Kaspars Ozers y Sean Yates se vieron forzados a abandonar con el paso de los kilómetros, debido al sufrimiento que estaban padeciendo por la muerte de su compañero.

En los últimos kilómetros de la etapa todos los miembros del equipo Motorola se adelantaron y cruzaron la línea de meta con unos metros de ventaja con respecto al pelotón, como forma de homenaje hacia su compañero. Su gran amigo, Andrea Peron, tuvo el dudoso honor de inscribir su nombre como ganador de etapa aquel día. Todos los premios de la etapa fueron donados a su esposa Anna Lisa y al hijo de la pareja, que había nacido hacía apenas unos meses.

Más emotivo, si cabe, fue el homenaje que un por entonces joven Lance Armstrong, compañero de habitación del italiano en aquel Tour, le dedicó tres días después del fallecimiento, en la 18ª etapa que tendría lugar el 21 de julio, con llegaba en Limoges. Esa etapa había estado señalada en el libro de ruta del campeón olímpico desde que supo de su participación en la Grande Bouclé. Lance, conocedor de tal circunstancia, decidió intentar la victoria ese día para honrar la memoria de su compañero. Se metió en la fuga buena de la etapa y cuando faltaban unos 15 kilómetros para llegar a meta, el corredor tejano lanzó un ataque lleno de rabia y potencia, con el que consiguió marcharse en solitario, obteniendo rápidamente una ventaja cercana al minuto que sus rivales no lograrían reducir.

Armstrong entró en el último kilómetro con la posibilidad de saborear el éxito y dedicárselo a su compañero Casartelli. En los últimos metros, antes de llegar a meta, Lance miró hacia atrás un par de veces, y cuando estuvo seguro que no le cogerían, levantó un brazo con el dedo índice señalando hacia el cielo, dedicandoselo a Fabio. Cruzó la línea de meta levantando ambos brazos y besando hacia el cielo. De esta forma Motorola le regalaba otro triunfo a Casartelli, pero este ganado en la carretera, a base de coraje, de fuerza, de clase.

Otro homenaje más es el que la dirección de carrera decidió realizarle pasando a denominar el maillot blanco de mejor joven como maillot Fabio Casartelli. Un último homenaje, más allá de recordar su figura en el décimo y el décimoquinto aniversario de su fallecimiento, tuvo lugar en 1997. Aquel año se inaguró una esquela cerca del punto donde sufrió la caída en el Portet d'Aspet para recordarle. Frente a esa esquela los corredores se detienen y guardan un minuto de silencio su honor cada vez que el recorrido de la prueba pasa por el puerto.

Clasificación Juegos Olímpicos Barcelona 1992
1- Fabio Casartelli (Italia) 4 horas 35 minutos 21 segundos
2- Erik Dekker (Holanda) a 1´´
3- Dainis Ozols (Letonia) a 3´´
4- Erik Zabel (Alemania) a 35´´
5- Lauri Aus (Estonia) m.t.
6- Andrzej Sypytkowski (Polonia) m.t.
7- Sylvain Bolay (Francia) m.t.
8- Arvis Piziks (Letonia) m.t.
9- Raido Kodanipork (Estonia) m.t.
10- Grant Rice (Australia) m.t.
...
14- Lance Armstrong (USA) m.t.
15- Ángel Edo (España) m.t.
23- Kiko García (España) m.t.


Saludos a todos!!

miércoles, 6 de mayo de 2015

Giro 1953: Coppi somete a Koblet en el inédito Stelvio

La relación entre Stelvio y el Giro de Italia nació en la edición 36ª de la Corsa Rosa, en el año 1953. El Stelvio es el paso de montaña de mayor elevación de los Alpes Orientales, un coloso de 2758 metros de altitud -techo para el ciclismo de la época-, con un camino desde Prato allo Stelvio de 25 kilómetros que conduce a una estación invernal situada en la cima, a través de un porcentaje medio superior al 7%. El debut del coloso se iba a realizar en la vigésima y penúltima etapa de la carrera de 1953, una etapa corta de 125 kilómetros con salida en Bolzano y meta en Bormio tras un largo descenso. La organización lo que pretendía con esta etapa era hacer del Stelvio el juez de la carrera. 

Antes de comenzar la prueba la prensa había previsto el enésimo duelo entre los dos héroes locales Coppi y Bartali, con el suizo Koblet y el francés Bobet como posibles figurantes. Si bien eso era antes de partir de Milán, la carretera había dictado sentencia, y ésta era que el hombre más fuerte de la carrera había sido el corredor suizo, quien antes de llegar a la vigésima etapa había vestido la prenda del líder de la clasificación en las últimas once etapas.

A pesar de los deseos de Torriani -director de la carrera-, de que el Stelvio fuese el juez de la carrera, ésta parecía haber quedado vista para sentencia en la decimonovena etapa, pues el flamante líder suizo había conservado de forma majestuosa la ventaja de casi dos minutos con la que había comenzado aquel día. En esa antepenúltima etapa Coppi lo había intentado todo para desbancarle de su privilegiada posición, pero no había podido con la juventud y el buen momento de forma del corredor suizo. Ante la superioridad del líder, un pacto entre caballeros dejaba la etapa en manos del héroe local y la general para el corredor foráneo. La carrera había terminado ante ese pacto de caballeros. ¿O no?

Coppi en la meta de Bolzano había reconocido la superioridad de su rival, a quien los testimonios cuentan que había felicitado por su futura victoria en la Corsa Rosa. Pero en el seno del equipo Bianchi todavía creían que había carrera por hacer y que podían revertir la situación de su líder. Tanto el patrón Zambrini como el director deportivo Tragella iban a tratar en el hotel de hacer cambiar de opinión a Coppi, arengándole sobre la dificultad de la siguiente etapa y relatándole las dificultades del Stelvio. Su descubridor Biagio Cavanna diseñaría una gran ofensiva. Mientras que el mecánico del equipo, De Grandi, montaría un 46x23 en su bicicleta para la siguiente etapa, lo máximo que podían en aquellos años, para que el corredor tuviese la máxima agilidad posible en el Stelvio.

Por su parte, sus compañeros Ettore Milano y Andrea Carrera tendrían mucho que ver al día siguiente en el cambio de mentalidad de Fausto, aunque éste hasta la salida se mostraría inflexible en su decisión de no atacar a Koblet. El primero de sus compañeros por la picardía que iba a mostrar antes de empezar la jornada, mientras que el segundo lo sería por el gran trabajo que iba a realizar a lo largo del día.

20ª Etapa. Bolzano-Bormio (125 km.) 

La mañana del primero de junio amanece con un día despejado, lo que tranquiliza al director de la prueba acerca de las posibilidades de ascender el coloso de los Alpes Orientales. Tenía una ruta alternativa preparada por si fuera necesario, pero nadie quería que el mal tiempo eclipsase el debut del Stelvio.

En la salida de Bolzano se respiran aires de guerra, a pesar de la atmósfera de paz que aparentemente rodeaba esos últimos compases de la carrera. En ese ambiente de aparente calma, antes de la salida Milano se acercaría a Koblet usando como excusa el hacerse una foto con el portador de la preciada maglia rosa. Koblet había aparecido aquel día con gafas de sol, ocultando sus ojos. Milano le pidió que se quitase las gafas para la foto y aprovechó ese momento para ver en el rostro los ojos hundidos del suizo, lo que solo podía significar que no había recuperado bien del día anterior. Coppi inmediatamente estuvo informado de aquello.

La etapa iba a comenzar muy rápida y nerviosa en sus primeros kilómetros, con continuos ataques. El primer ataque importante del día corrió a cargo de Fiorenzo Magni, poco después del medio día. A Magni le seguirán los Bianchi Gaggero y Gismondi. El conjunto blanco y celeste no quería que se le descontrolase la etapa. A continuación probó suerte Guido De Santi, quien sería perseguido por Armando Barden. A estos los neutralizaría un trío de Bianchi, compuesto por los dos hombres mencionados antes y Donato Piazza.

Koblet entretanto había quedado aislado ante esos ataques, pero estaba respondiendo bien a las hostilidades. De esta forma el primer triunfo del día lo había conseguido el conjunto Bianchi dejando aislado al líder de la prueba, consiguiendo mantener ellos a varios corredores en el grupo principal.

En el llano, camino a Prato allo Stelvio, los Bianchi aumentarían la velocidad. En el interior del pelotón la tensión se podía cortar con un cuchillo, debido a las constantes señales, silbidos, medias palabras y mensajes codificados con los que Coppi arengaba a sus hombres.

El fuerte ritmo impuesto por los de Zambrini hace que el grupo rápidamente vea como las unidades que lo conforman vayan reduciéndose, a pesar de la suavidad de los primeros kilómetros hasta llegar a Gomagoi. Una vez pasada esta pequeña localidad es cuando cuando acaba el asfalto y comienza el Stelvio de verdad, con una subida a través de un camino de tierra de 48 curvas que lleva a los corredores a la cima de la montaña.

Es entonces cuando se desatan las hostilidades. Carrea comienza a imponer un ritmo asfixiante desde la primera curva cerrada o tornanti. Ante ese fuerte ritmo el grupo se queda reducido a apenas seis unidades, con Coppi siguiendo sin problemas a Sandrino -como era conocido Carrea-, con Koblet también aguantando el ritmo del lugarteniente de Coppi. El grupo cabecero es completado por apenas tres hombres más: Defilippis, Bartali y Paquale Fornara. Los siguientes kilómetros estarán marcados por el fuerte ritmo impuesto por Sandrino en la subida, hasta que antes de alcanzar el ecuador de la subida éste se levanta sobre sus pedales dando su último aliento a favor de la empresa del jefe de filas del Bianchi, tirándose a continuación a un lado, dejando marchar al quinteto cabecero.

Inmediatamente Koblet iba a tomar el mando de las operaciones, poniéndose al frente del grupo tratando así de dar a entender que ahí no pasaba nada y que todo marchaba bajo control. Pero no era así y poco después un tercer corredor que no estaba llamado inicialmente a ser protagonista ese día haría saltar la liebre.

Un joven Nino Defilippis sería el hombre por el que la calma tensa que se había vivido hasta el momento se iba a convertir en un gran temporal para el líder suizo. A unos 12 kilómetros de la cima Defilippis iba a demarrar. Años más tarde se supo que fue Coppi quien le instó a atacar, para así verse liberado del pacto de no agresión a Koblet. La aureola de Coppi imponía mucho respeto en su país, especialmente en un joven prometedor como Nino. ¿Cómo no iba a hacer caso a la petición de su ídolo?
Defilippis fue el hombre clave en la traición de Coppi a Koblet
Con este ataque Fausto sería libre de hacer su propia carrera. Defilippis se levantaría sobre los pedales y atacaría. Koblet por un momento quedó atrás, pero rápidamente se lo tomó como un reto y capturó al hombre cabeza de carrera. Quería ser el maestro indiscutible de la carrera, un lujo que a esas alturas de prueba no iba a poder permitirse -recordemos las gafas de sol-. Coppi por su parte se encontraba tras la estela de ambos, expectante ante lo que estaba sucediendo. Era la oportunidad que buscaba y que Cavanna había diseñado el día anterior en el hotel. Una vez neutralizado su joven compatriota, se puso en cabeza y poco a poco fue aumentando el ritmo. Como diría el suizo en meta, Coppi se había quitado la careta.
Koblet trató de seguir la rueda del italiano, pero tuvo que desistir, sus piernas habían dicho basta. El líder cede y todavía quedan más de diez kilómetros por delante. ¡Hay carrera! Fausto marcha bien, pero a su rueda aún marchan, no sin dificultades, Bartali y Fornara. Pero Il Campeonissimo ese día volaba sobre sus pedales, y desde ese momento -a unos diez de la cima- nadie iba a poder acercarse a su rueda. Desde ese momento cada corredor iba a pelear contra sí mismo y contra la montaña, únicamente.

A seis kilómetros de la cima Fornara es el único hombre capaz de seguir con la mirada al corredor piamontés, pues marchaba con unos cuarenta segundos de retraso. Con el doble de tiempo perdido marchan Bartali y un renqueante Defilippis. A diez segundos de ellos marcha Angelo Coletto, y a su vez Koblet cede unos metros con respecto a este último.

El mano a mano que han mantenido Coppi y Koblet en las últimas jornadas está en estos momentos prácticamente equilibrado en cuanto a tiempos. Pero aún quedan muchos kilómetros de subida, por encima de los 2.500 metros de altitud, lo que dificulta en extremo a los corredores para coger aire y recuperar de los esfuerzos anteriores.

En la cima la balanza se había decantado claramente a favor del corredor local, pues la renta con la que contaría el pupilo de Cavanna habría aumentado considerablemente. Con más de dos minutos de retraso coronaría en segundo lugar Fornara y con casi tres el gran rival histórico de Coppi, Gino Bartali. Koblet haría lo propio a casi cuatro minutos y medio, con lo que prácticamente estaba diciendo adiós al Giro. Solo un descenso milagroso podría revertir la situación. 22 kilómetros de infinito descenso hasta alcanzar la meta de Bormio dictarían la sentencia de la carrera.

Una vez coronado el Stelvio, los corredores apenas tuvieron tiempo de agarrar un periódico y guardárselo bajo el maillot, para tratar de paliar el frío y el viento que les soplará de cara en la bajada. En los primeros kilómetros los corredores se iban a encontrar el piso mojado, como consecuencia de la derretida nieve. Pero pronto ese mismo camino iba a estar seco, lo que podía llevar a los corredores a tomar riesgos.

Coppi no iba a arriesgar más de lo necesario, sabedor que contaba con un margen de tiempo con el que poder tomarse el descenso con calma. Fornana, tal como relató él mismo tiempo después, bastante tenía con ser capaz de mantenerse sobre la bicicleta y no ser rebasado por Koblet, en un hipotético descenso kamikaze del suizo. Bartali tampoco tendría porque arriesgar de más en la bajada, puesto que era cuarto en la general a más de ocho minutos del hombre que le precedía, no solo en la clasificación, sino también en el desarrollo de la etapa.

Pero, ¿y el líder? Si alguien debía arriesgar en ese descenso era Koblet, si no quería perder la carrera. Tanto arriesgaría el suizo que sus huesos darían con el suelo hasta en dos ocasiones. A pesar de esas dos caídas y de llegar aturdido y sangrante a la meta, su descenso iba a ser brillante, el más rápido de la jornada. Con ello iba a conseguir recortar tiempo a los cuatro hombres que habían coronado por delante de él, pero no conseguiría neutralizar más que a un Defilippis venido a menos en los últimos kilómetros de la subida.

Para llegar a la localidad donde estaba situada la meta, en Bormio, Coppi había invertido cuatro horas, cincuenta y un minutos y treintaidós segundos en recorrer los 125 kilómetros de la histórica etapa en la que se había ascendido por primera vez el Stelvio. El segundo corredor en hacer entrada en meta iba a ser Fornana. Su retraso en meta iba a ser de dos minutos y dieciocho segundos. El tercero aquel día sería Bartali, cediendo otros treinta segundos más con el ganador. El cuarto, y gran damnificado del día iba a ser Koblet, que entró en meta cediendo tres minutos y medio.

A pesar de haber recortado tiempo en el descenso, a pesar de haberse ido dos veces al suelo, Koblet no iba a recortar el tiempo necesario para seguir siendo el líder y apenas recortaría un minuto a Coppi en el descenso. Ese retraso le iba a impedir mantener la maglia rosa sobre sus espaldas por un escaso margen de menos de un minuto y medio.

En la línea de meta se apreciaría una fuerte tensión por lo sucedido durante la etapa. Koblet siente la traición de Coppi y la mirada que lanzó al italiano iba a helar la sangre a los presentes. Se sentía, lógicamente, traicionado por el nuevo líder.

Leyenda del Giro con su quinta victoria 

Coppi había realizado en la jornada anterior un pacto de caballeros con Koblet al dejarle este conseguir la victoria de etapa. Sin embargo no respetó la palabra dada en el último día del mes de mayo del 53, y el primero de junio gracias a una ofensiva magníficamente diseñada por su mentor Cavanna, Fausto escribió el mejor debut posible para el Stelvio, con una etapa digna de un gran campeón. En aquella penúltima jornada de la carrera Il Campeonissimo había conseguido su tercera victoria parcial en aquel Giro, segunda consecutiva, y había conseguido dar un vuelto a la general en una jornada épica, con traición incluida.
Coppi alcanzaría en palmarés a Binda con su quinto Giro
Aquel 1 de junio de 1953 Fausto Coppi iba a sentenciar la general del que sería su quinto y último Giro de Italia victorioso. Con esta victoria igualaba a la primera leyenda del país, Alfredo Binda. Tan sólo el mejor corredor de la historia, Eddy Merckx, sería capaz de igualar la hazaña de ambos corredores y hacerse con el triunfo en cinco ocasiones de la Corsa Rosa.

La Dama Bianca

Aquel día una mujer había estado esperando a Il Campeonissimo para animarle al paso por la cima del Stelvio. Esa misma mujer se presentaría en el hotel del flamante nuevo líder de la carrera horas más tarde, en la que sería su primera aparición en público con el corredor italiano. Esa mujer no era otra que Giulia Occhini, esposa del médico Enrico Locatelli -quien admiraba a Coppi y le inculcó su amor por el ciclismo-. Giulia abandonaría meses más tarde a su marido, aunque el apasionado romance con el corredor había comenzado muchos años antes. Desde el año siguiente sería conocida como la Dama Bianca (con motivo de un sombrero blanco que lució en la meta de Saint-Moritz del Giro de 1954), dividiendo al país por un amor imposible que el propio Papa Pio XII condenó. Giulia incluso llegaría a pasar por la cárcel al ser denunciada por adulterio por su marido. La Dama Bianca e Il Campeonissimo se casarían en México, pero su matrimonio jamás sería reconocido en Italia.


Clasificación 20ª Etapa. Bolzano-Bormio.
1- Fausto Coppi (Bianchi) 4h. 51´ 32´
2- Pasquale Fornara (Bottecchia) a 2´ 18´´
3- Gino Bartali (Bartali) a 2´ 48´´
4- Hugo Koblet (Guerra) a 3´ 28´´
5- Nino Defilippis (Legnano) a 4´ 05´´
6- Donato Zampini (Levriere) a 5´ 38´´
7- Agostino Coletto (Fréjus) a 7´ 43´´
8- Pietro Giudici (Ganna) a 7´ 44´´
9- Stan Ockers (Girardengo) m.t.
10- Andrea Carrea (Bianchi) a 9´ 03´´
Clasificación general:
1- Fausto Coppi (Bianchi) 112h. 01´ 05´´
2- Hugo Koblet (Guerra) a 1´ 29´´
3- Pasquale Fornara (Bottecchia) a 6´ 55´´
4- Gino Bartali (Bartali) a 14´ 08´´
5- Angelo Conterno (Fréjus) a 20´ 51´´
6- Stan Ockers (Girardengo) a 24´ 14´´
7- Giovanni Roma (Bottecchia) a 24´ 35´´
8- Guido De Santi (Benotto) a 25´ 06´´
9- Fiorenzo Magni (Ganna) a 25´ 39´´
10- Vincenzo Rossello (Ganna) a 26´ 21´´

Saludos a todos!!